Su boda había sido un gran éxito, y durante 15 años fueron felices, sin embargo de su unión no había nacido un hijo varón, objetivo primordial de cualquier boda real para así asegurar la dinastía. Solo había nacido una niña: la futura María Tudor.
Con el tiempo, Enrique, más joven que Catalina, había empezado a dar rienda suelta a sus ardores, por medio de numerosas amantes, entre las cuales quiso incluir a Ana Bolena.
Sin embargo, Ana, mujer de gran ambición, no quiso entregarse inmediatamente, sino que dejaba pasar el tiempo hasta extremos insoportables para el rey. Ana exigió que decidiera entre ella o la vieja y seca reina Catalina, incapaz de darle ya un hijo varón.
Enrique eligió a Ana, pero había un inconveniente: ¿cómo romper su matrimonio con Catalina?. Con gran crueldad, siguiendo tan solo sus más oscuros intereses planteo la nulidad del matrimonio en un hecho que sucedió antes de su matrimonio, absolutamente falso y que ponía en entredicho el honor de la reina. Ante tamaña farsa, Roma se negó a dar la dispensa, lo que provocó las iras del rey, el cual rompiendo todos los lazos con la iglesia romana, creó una nueva iglesia nacional a su medida en la que él era la cabeza y podía hacer y deshacer a su antojo. Una vez hecho esto, repudió a Catalina, la encarceló y desheredó a la pequeña María. Felices, Ana y Enrique se casaron en 1533, con honores reales y con Ana esperando un hijo. Era su triunfo absoluto. Sin embargo, el pueblo no era tan estúpido y se mostró frio con Ana, considerando a Catalina como legítima soberana.
Para su desgracia, tuvo a luz a una niña, lo que provocó el rechazo y una profunda decepción en el rey (sería cargo de conciencia). En los meses siguientes, Ana se apoyó febrilmente en la nueva religión, su única fuente de legitimidad.
Pero el destino quiso que una vez muerta Catalina (con la dignidad de la reina que era), la Bolena dio a luz un niño muerto. Esta nueva desgracia para ella fue la definitiva. El rey ya tenía otra amante y ahora solo pensaba en como deshacerse de ella.
Para hacerlo usó la misma táctica que tan bien habían practicado con Catalina, la acusó de relaciones incestuosas y de infidelidad al rey, lo que provocó su condena a muerte.
Ana Bolena era decapitada en 1536, su hija (la futura Isabel I) considerada bastarda y Enrique VIII tomó nueva esposa 48 horas después.