Así, llega a Roma, sede de los Papas, asiento de los poderosos mecenas del último renacimiento. Su calidad como orfebre no pasa desapercibida y gracias a ello obtiene la protección del Papa Clemente VII.
Pero como ya dijimos, Cellini no solo fue un gran artista, los hechos de su vida cotidiana son igualmente dignos de contar. Así, en el año 1527, participó en la defensa de Roma frente a las tropas del emperador Carlos I, afirmándose que durante el asedio, dio muerte al condestable de Borbón con un certero disparo de arcabuz, arma en la que era un experto.
Sin embargo, nuevos juicios, acusaciones y hechos poco aclarados le obligan a pasar algunas temporadas en la prisión, lugar de donde consigue salir gracias a sus protectores.
Hombre de una gran inteligencia, aprendía todo cuanto le resultaba estimulante, con una maestría y una rapidez propia de los genios. Así, es famoso el caso de su obra más conocida: “Perseo”, realizado para la ciudad de Florencia y situado en la logia de la plaza de la señoría. Se trata de una obra maestra y era su primera escultura en Bronce, técnica que aprendió en Venecia, después de salir de la cárcel por una acusación de asesinato.
Su vida itinerante le llevó a Madrid, donde realizó el impecable Cristo en la cruz que se encuentra en monasterio de el Escorial. También realizó importantes trabajos para el rey de Francia Francisco I, residiendo en París largas temporadas.
Además de sus esculturas y demás objetos de arte, nos legó una impresionante biografía llamada “la Vida”, reflejo de sus andanzas y espejo de una época tumultuosa.
A pesar de todos sus excesos, la muerte le llegó plácidamente en su Florencia, en año 1571, a una edad igualmente poco común en su tiempo. Está enterrado en la iglesia de Santa Maria Novella.