Antonio Pimentel no es muy conocido en España, curiosamente lo es mucho más en un país tan alejado como Suecia, donde desempeñó un importante cargo de embajador, junto a una de las reinas con más personalidad del continente: La reina Cristina de Suecia.
Posteriormente la leyenda y las malas lenguas se encargaron del resto, otorgando una fama a Pimentel que es cuanto menos: dudosa.
Nuestro personaje fue un alto funcionario de la corte del rey Felipe IV, miembro de una de las familias más nobles de España, recibió el espinoso encargo de acudir a Estocolmo cuando ya se encontraba en la madurez de su vida, de hecho rondaba la cincuentena.
Anteriormente, había destacado en el mando militar y diplomático en distintos territorios gobernados por la corona española, ganando fama de eficaz y honrado.
Así, cuando se le encarga acudir como embajador a Suecia, se está haciendo uso de los mejores “empleados” de la corona. Su misión era la de “asesorar” a la reina Cristina de Suecia en materia religiosa, además por supuesto de representar al país.
En efecto, Cristina, de educación luterana, había dado muestras de un carácter digamos “peculiar”, que le había llevado a enfrentarse a gran parte de la élite local. Uno de los aspectos que quiso reformar fue su credo religioso, fijándose en el catolicismo.
La defensora del catolicismo por aquellas fechas, era todavía España, con fuerzas cada vez más escasas, pero con mucha intención. Así fue como Pimentel se presentó en Estocolmo con la intención de atraer definitivamente a Cristina a la fe católica. Lo consiguió empleando grandes dosis de elocuencia y también posiblemente con su encanto personal, muy dado al “libertinaje con las mujeres, pero siempre dentro de los márgenes de la caballerosidad.
De hecho se convirtió en el cortesano favorito de la reina, que le prodigó atenciones y afectos que no gustaban nada en la corte. Se rumoreaba que eran amantes, pero nunca pudo ser probado. Si es seguro que Cristina le tuvo siempre como al fiel de sus amigos , incluso después de separarse definitivamente.
Pimentel logró su objetivo, Cristina era bautizada en el año 1654, poco después de abdicar la corona sueca.
No volvieron a verse, Pimentel regresó a Madrid, con su esposa, hijos, amigos, etc. Cristina se auto exilió en Roma, donde continuó acercándose cada vez más a la iglesia católica, tanto fue así, que consiguió ser enterrada en San Pedro del Vaticano.