Para ello se opuso en primer lugar a los influyentes sacerdotes de los numerosos dioses del panteón egipcio. Abolió el culto a todos ellos salvo al Dios único, Atón, (el sol), del que se considerada hijo y único representante sobre la tierra.
No contento con esto, se cambió el nombre por el de Akenatón, que significa “hijo del sol” construyendo además una nueva capital en Tell-el-Amarna, abandonando la corrupta ciudad de Tebas.
En su nueva ciudad se centró en potenciar su lado espiritual y literario, olvidándose de los problemas que comenzaban a aparecer.
Su ambicioso programa de reformas sociales no dejó indiferente a nadie, ganándose la oposición de la casta sacerdotal y de los terratenientes, seriamente afectados por la abolición de la esclavitud y de las diferencias sociales.
El faraón vivía protegido por el ejercito y por su familia, su esposa (la bella Nefertiti) y sus hijas, de las cuales nos han llegado unas bellas muestras de arte cortesano, completamente alejado de las hieráticas representaciones oficiales de reinados anteriores.
Todos estos cambio tan solo duraron mientras vivió el Faraón, ya que su figura nunca fue cuestionada, tan solo supuso una pausa en el largo devenir histórico de Egipto.
A su muerte, sus adversarios se hicieron de nuevo con el poder, deshaciendo el camino avanzado en los años anteriores. Es más la figura de Akenatón fue declarada “non grata”, borrando su nombre de cualquier escrito oficial, abandonando su capital y eliminando cualquier signo material de sus reformas.
Curiosamente, su sucesor sería un joven yerno, dominado por la casta sacerdotal y que tomó el nombre de Tutankamón, representando ya solo con su nombre el retorno a la religión politeísta de Amón.
A pesar de su juventud y de su breve reinado, al morir se le enterró con todo el boato y los ritos de la antigua religión, al descubrir su tumba intacta, su salto a la posteridad no pudo ser más afortunado para todos.